MAMERTO MENAPACE

P.H. Agustina Resta

MAMERTO MENAPACE, MONJE Y TROVADOR

P.H. Agustina Resta

Entre el silencio y la carcajada, va de mate en mate entregado al Misterio

El padre Mamerto creció campo adentro, al calor del Chaco santafesino. Allí, entre rosarios y algarrobos, brotó, natural como el paisaje, su impulso misionero.
Nieto de migrantes europeos, hijo de María Josefina y Antonio, noveno entre trece hermanos, Mamerto creció nutrido de amor y gracias.
Este hombre frondoso y repleto de caminos, con tan solo 10 años, dejó su infancia, su casa, hermanos, padre y madre. Decidido, atravesó su tierra apretando dos sueños: ser folclorista o misionero entre los pueblos originarios de Formosa.
En 1952, guiado por su hermana religiosa, ingresó al Monasterio de Santa María de los Toldos para poder estudiar. Se recibió de maestro, comenzó su noviciado y profesó, en Los Toldos, el 2 de febrero de 1960. Ahí nomás se le añadieron sus anhelos infantiles, se unió a la comunidad mapuche del cacique Coliqueo y desparramó bienaventuranzas por los caminos. Porque Dios es fiel.

Emponchado y campo adentro, Mamerto Menapace habita el paisaje y lo revela. Su voz, florecida de silencios y profundidades, entona nítida la belleza de las cosas simples, y entre risas proverbiales nos recuerda el milagro que es vivir, porque de a ratos se nos olvida.
LA POBREZA Y LA FE
No habrá tenido mucho. Pero lo que tenía era muy suyo. Sobre todo, porque de tanto llevarlo encima había terminado por sentir indispensables todas esas realidades: sus botas, su poncho, sus ropas, su chambergo y su facón. ¡Habían compartido tantas cosas juntos, que había terminado por encariñarse con todo eso! Más que cosas suyas, las sentía como parte de sí mismo. Como realidades de su misma historia. Al sentir consigo todas esas realidades, se sentía viviendo una historia con continuidad: historia con pasado. Y todo hombre que está en camino siente la tentación del pasado. Tentación que se concretiza en el poseer; en el no dejar. Al llegar a la orilla de ese río, la opción le resultó dura. Esa realidad del río que atravesaba como un tajo su camino, le exigía una decisión dolorosa. No es que no quisiera atravesarlo; ¡si para eso se había puesto en camino! Lo duro no estaba en vadearlo; sino en que para vadearlo debía tomar una actitud nueva frente a todas sus cosas viejas; frente a todo lo que era suyo; frente a todo lo que se le había adherido. Todo bicho exigido a dejar el pellejo, busca arrinconarse. Lo busca hasta el gusano que quiere ser mariposa. Para poder crecer hasta el bólido, necesita aceptar el retiro del capullo. La rosa y el gusano lo hacen por instinto; al cristiano, por ser hombre, le toca decidirlo. Al llegar a la orilla del río, nuestro hombre se acurrucó en silencio. Antes de despojarse por afuera necesitaba unificarse por dentro. Necesitaba mirar la correntada, dejar que ella le entrara por los ojos y se le fuera corazón adentro. Necesitaba que el corazón pasase primero, para poder luego seguirlo su cuerpo. En esa actitud se le fue la tarde, y la noche le cayó encima con todo su misterio. Y en esa actitud lo pilló el lucero. Fue entonces recién cuando dijo: “sí”. Un sí que lo venía arreando desde lejos. El mismo sí, que lo pusiera en movimiento al comienzo. Despacio se puso de pie, se quitó el poncho y lo tendió en el suelo. Se sacó las botas y las colocó en el centro. Luego el facón, el pañuelo, la faja y el chambergo. A cada pilcha que entregaba, el hombre se iba empobreciendo. Los grandes momentos de la vida no necesitan dramatismo. El drama es el escenario ficticio que necesitan ciertos acontecimientos cuando carecen de suficiente espesor para impactarnos por sí mismos. O cuando no han sido aceptados por la rumia y nos resultan indigestos. Por eso el hombre, sin broma ni drama, ató las cuatro puntas del poncho que contenía todo los suyo. Lo voleó tres veces como un lazo para darle impulso y lo tiró por encima de la correntada para que fuera a caer a la otra orilla. De este modo colocaba lo suyo allí donde él mismo debía llegar. Hacía que lo suyo se le adelantara para esperarlo en la meta. Y allí quedó él, en la orilla de acá, liberado de todo para poder vadear mejor ese río y urgido a vadearlo para poder encontrarse con todo lo suyo, que lo había precedido. Porque era un hombre que amaba profundamente lo suyo. Nada se ha de perder de lo que el Padre nos ha dado. Hace más de veintitrés siglos un joven salmista, al que le pasó algo parecido, le decía al Señor en un largo poema: Yo pongo mi esperanza en vos Señor, que no quede frustrada mi esperanza (Salmo 118). 
Publicado en el libro "La sal de la tierra", Editorial Patria Grande.
MAMERTO MENAPACE
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